Vistas de página en total

25 abr 2011

PORNO PARA DUMMIES



¡Luces, cámara, acción! Desde Garganta Profunda hasta María Magdalena, el porno rasguña una categoria estética. La piel se hace fuego que alumbra patios interiores. Los carbones fálicos, la caverna dispuesta a soportar más calor. Allí no hay discurso humano, si acaso aleaciones de sudores, riffs de la sangre metida debajo de las uñas. Todos hemos curado esa ansiedad, mirando porno. Nacho Vidal siguió con su oficio de repartidor de pizza. La Ciciollina no acaba de rememorar sus mejores polvos en Hamburgo.

El porno es una plegaria oscura en nombre de un dios que todavía desconocemos. Ni Huxley ni Cioran ni Susan Sontag se pronunciaron acerca de sus manifestaciones. Angelina Crow, Michelle Wild, Jennifer Stone tienen mucho más que decir, sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Ellas van más allá de la gramática y de la sintáxis, de la fonética y de la pragmática. Son así de sencillos, aunque no simples, sus exhaustivos libretos. Nada más que presencia de la carne en la extensión de la palabra, vista con los ojos de la carne, detrás de la lente maravillada de la cámara.  

Es así que acudimos al porno para santificar los días en blanco del desempleo. Para abrigarnos mejor a solas en largas noches de lluvia. Para salirnos de la rutina de las camas bien tendidas, de los diálogos aprendidos, de los ángulos permisibles. Y así, para combatir el trauma de la hora pico de las efervescentes feromonas, una vez más acudimos a sus demonios, que en realidad sólo son legiones de ángeles sin memoria. Navegamos en sus aguas reflejas. Volvemos a ser lo que somos, animales atrapados en las costuras de las más bajas pasiones. Después recobramos la mirada limpia. Esta suerte de conciencia ciudadana, de criterio ilustrado, de sadismo de uñas cortas. Volvemos a la compostura de los buenos días, las buenas noches, etc.

28 feb 2011

CITY LIGHTS BOOKSTORE



Para Borges el paraíso era un biblioteca. A veces pienso que una librería en llamas es lo más cercano al paraíso.  Lo más cercano al infierno, una librería en desorden.  Me dice un anciano librero que cualquier librería es la ruta más breve para el olvido. No tengo grandes recuerdos de las grandes librerías. Se ven demasiado pulcras, cuidadosamente clasificadas y fumigadas.

Prefiero aquellos estrechos locales de libros de segunda: su aroma de pan de ayer para degustar con un vino de corcho. Adoro esos obeliscos de libros de lomos gastados y pastas brillosas. Libros, libros, libros. Libros por montañas en mesas que a duras penas los resisten. Libros que han pasado la prueba de otras lecturas, subrayados para devorarlos mejor.

De otra parte, sólo una librería en San Francisco, California, pasa la prueba de las grandes librerías. En realidad porque siempre ha sido un patrimonio de poetas sin trabajo. Una biblioteca en venta. El otro paraíso de Borges, un infierno con su aviso bocabajo en el pavimento mojado.

15 feb 2011

ANDREA COTE SE MUERDE LAS UÑAS




Un día me encontré a la poetisa en la Notaría Primera del Círculo de Bogotá. No sabía que las poetisas podían ser bellas. Tenían muchas un gesto despectivo, una mirada de rara avis a punto de sacarte los ojos. Por lo general, mujeres más bien feas, hombronas, desaliñadas, como si la poesía la llevaran muy por dentro, bien escondida entre la cal de los huesos. Y hechas de escombros de otras mujeres menos sensibles, más femeninas, menos pálidas por efecto de la rima asonante o consonante.

Si bien yo había leído sus versos, sólo hasta el final supe que se trataba de ella. No supe si felicitarla por ser bella, es decir por ser poema, para recordar al viejo Becquer. No supe si celebrar sus demás poemas, de los cuales no recordaba ni medio verso. La poetisa se mordía las uñas, se ruborizaba de una manera extraña, se pasaba la lengua por los labios que ya parecían de papel. Estaba viva, a mi lado. Olía a mujer, a humo de las puertas de Troya. Me parece que hablaba por hablar, como cualquier muchacha de barrio puesta en perspectiva. 

Esa tarde me enseñó que la labor de una mujer es ser ventana y no puerta. Ella me dejó mirar a través de sus palabras, de sus ojos, de sus manos de uñas despintadas, frente al Eje Ambiental a las cinco y media de la tarde, cuando al fin nos renovaron el contrato para seguir escribiendo estas líneas. Y para abrir esta puerta que da directamente a su ventana, ahora que me vengo a enterar que ha movido su pluma y su maleta y su pesado bolso con un cuadro de Van Gogh impreso en los costados, rumbo a Nueva York.

16 ene 2011

JAGGER AL OÍDO




Me quedo con los dinosaurios. Son los mejores. Mi simpatía por el demonio empieza con ellos, termina con ellos, a pesar de mis adicciones y afectos góticos, del tipo The Cure o Amy Lee. Cuando los dinosaurios suenan, los otros monstruos se ocultan, las estrellas más altas se caen de su peso, los cuervos esperan de pie la caída de la noche. Basta la guitarra del viejo Keith Richards. Un puñado de acordes, como quien lanza arroz a las palomas del futuro. Basta la voz ronca, de gato viejo y hambriento sobre los tejados del verano, del gran Mick.

Lo demás es plagio, sampleo. Conscientes juegos de amnesia. En el mejor de los casos, un homenaje más... ¡Porque cuando los Stones suenan sobre la piel de las cosas, el precio que deben pagar los dioses ya es otro! ¡Las piedras ruedan hechas dialectos de las estrellas! ¡Luz de dinamita! ¡Colores de otros muchos mundos!

31 dic 2010

MUJERES NEGRAS



Me encantan las negras. Su boca para pronunciar todas las vocales en una, su belleza obscena, su juiciosa vocación por los asuntos de la carne. Las tetas de las negras me llenan la boca de un sabor de agua de coco. Sus caderas mantienen el equilibrio del mundo. Ponerse a andar a su lado tiene su riesgo, pero vale la pena hacerlo.  Entretanto, deambulo por calles y playas mirando negras. Negras a izquierda y a derecha. Negras al sol y al agua. Sus cuerpos me miran con todos los poros de la piel. 

Amar a las negras no es otra obsesión personal. Es un ejercicio de libertad de los sentidos. Es abrir una jaula para que huyan los pájaros de la otra esquina del arco iris. Es caminar de frente hacia el mar, invocando sus diosas de nichos de corales. Por supuesto que hay negras de negras. Las negras niñas, con senos como botones, sin querer me acarician con su aliento. Las negras maduras, de senos grandes, me hacen pensar no en la leche, sino en la espesa brea que les burbujea por dentro, que se les mete entre las venas y el corazón, y les brota como una señal de lujuria en su mirada.

Todos ellas, sin excepción, son briznas al viento, son lunas reflejadas en el agua, son semillas en trance, son cifras sin escritura. Todas ellas van desnudas con ropa o sin ella, desafiando el sol. Beben sus rayos, uno a uno, de nacimiento. No les importa la candente sombra y sus lujurias. Son dueñas de cada pliegue y repliegue de cada fruta, de cada hoja seca que se deshace bajo sus pies. Mientras tanto yo voy siempre vestido, sin más pertenecencias. Creo que a Rembrandt le faltó pintar el pubis de una negra virgen, sus múltiples espectros.