Las fuerzas del mercado no operan sobre los libros de poesía, que se arrastran sobre sus panzas por la humedad del mundo y se abren paso por encima y por debajo de las curvas de oferta y demanda. Nuevos libros de poesía se publican cada mañana. Algunos tienen códigos de barras, otros no. Otros no tienen la magia que hace desvariar. Se reciclan. Se convierten en servilletas, en pañuelos de papel que limpian labios cereza, magenta, escarlata o vino tinto, lo cual es mucho más poético, con mejor impacto ambiental. Y aquí la cita pertinente, de Guillermo Boido: ¨la poesía no se vende porque la poesía no se vende¨.
Periodismo sin mayor intención. Minicrónicas atípicas o anómalas, a partir de todos aquellos que no tienen voz mediática. Fracasados, marginales, vagabundos, tribus urbanas, LGBTIXYZ, etc.
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6 may 2018
19 abr 2018
SIMBARULES
Los itinerarios de los gatos se dividen, en cuanto avanzan o retroceden. No son como los demás animales, que viven una única existencia, sin más posibilidades. Esto para no hablar de los desvalidos humanos. Los gatos necesitan ir más allá, arriesgar, jugar a arañarse la cara en los espejos y padecer otras muertes, otras muchas, como propias. Cada vez que una solterona muere, su gato sobrevive para contarlo a los fantasmas del sexo opuesto, asegurando su paso a la siguiente vida.
22 mar 2018
KAMASUTRA S.A.
El último libro que yo me llevaría a la isla desierta sería el Kamasutra, la novela inconclusa de ayer, hoy, pasado mañana. Punto final.
7 feb 2018
AMIGOS CON DERECHOS
Se da el tiempo de los amigos con derechos. Conoces a alguien, tienes sexo en tiempo real. Después, surge la azarosa amistad, con verbos conjugados en tiempo presente, con frases simples de sujeto y predicado. Una amistad sin dramas, sin momentos previsibles, sin celos clavando las uñas en la espalda. En esta clase de relación no existe la propiedad privada, las peleas de tragicomedia. Es como una película sin tiempos muertos. A la vez, sin segundas partes mediocres.
Justo ahora sucede que Viviana me besa, a manera de despedida. Estamos en el Be Okey Hostel. Este beso me sabe a miel mostaza con papas a la francesa, bajadas con Coca-Cola fría. El viento sopla en el balcón, agitando la cortina de peces azules, grises y rojos. Los pasos de ella ya casi se van a perder entre el ciempiés de los pasos. Mañana será domingo. Ni siquiera contará entre los créditos finales su hermoso nombre: Viviana. Por lo pronto, los dos hacemos parte de un curioso cortometraje que miramos, a la vez que filmamos y actuamos. Una fotografía móvil, una ola que será borrada por otra ola en la arena.
3 ene 2018
EL BARRIO ROJO DE AMSTERDAM
El Red Light District está de capa caída. No lo digo por esta exótica mesera senegalesa que atiende la barra del Café Remember, frente al Canal Achtergurgwal, en el número 81. Lo digo por la cantidad exagerada de vitrinas con letreros de SE ARRIENDA. Aquí las prostitutas rumanas hacen su agosto, pero sus carnes ya no estremecen de lujuria. Sirenas enlatadas. El museo de la prostitución no escandaliza a nadie, ni a los chinos. Tampoco el Sex Museum. Ni el museo de los condones. Los fumaderos de marihuana y las tiendas de vaporizadores no tienen nada que envidiarle a las ollas de las principales ciudades colombianas. La marihuana del Red Bull Coffee Shop es un ripio de hojas pasado por agua, de efecto placebo. Algo tan orgánicamente limpio para el cerebro como la ensalada que comen los Hareh Krishna.
El Red Light District es un vecindario fresa, un sano parque de diversiones, una fábrica de euros contantes y sonantes. Lo hacen a costa de los payasos mirones como uno, de los viejos aprendices de aberrados, de los Bukowski en ciernes como uno. Y no es gratuito que, de vuelta al hotel de menos cuatro estrellas, uno se ponga a pensar seriamente en el barrio rojo de Bogotá. Al maravilloso y nunca bien ponderado Barrio Santafé apenas le hace falta un buen toque de extravagancia y glamour. O un señor alcalde, un buen funcionario que le meta empuje a su modernización arquitectónica y sanitaria, con reforma tributaria a bordo. Las chicas casi alegres están bien, su ropa interior está bien, sus sonrisas dulces están muy bien, sus zapatos de plataforma están casi bien... Les falta algo que los gringos expertos en mercadeo llaman lujuria de marca... Les falta, lo que se dice, una buena vitrina, tipo exportación... Para ponerlo en términos castizos: ¡Las bellas callejeras de nuestro barrio valen todo el oro de la posmodernidad!
El Red Light District es un vecindario fresa, un sano parque de diversiones, una fábrica de euros contantes y sonantes. Lo hacen a costa de los payasos mirones como uno, de los viejos aprendices de aberrados, de los Bukowski en ciernes como uno. Y no es gratuito que, de vuelta al hotel de menos cuatro estrellas, uno se ponga a pensar seriamente en el barrio rojo de Bogotá. Al maravilloso y nunca bien ponderado Barrio Santafé apenas le hace falta un buen toque de extravagancia y glamour. O un señor alcalde, un buen funcionario que le meta empuje a su modernización arquitectónica y sanitaria, con reforma tributaria a bordo. Las chicas casi alegres están bien, su ropa interior está bien, sus sonrisas dulces están muy bien, sus zapatos de plataforma están casi bien... Les falta algo que los gringos expertos en mercadeo llaman lujuria de marca... Les falta, lo que se dice, una buena vitrina, tipo exportación... Para ponerlo en términos castizos: ¡Las bellas callejeras de nuestro barrio valen todo el oro de la posmodernidad!
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