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10 jul 2015

CAMBIO DE SEXO


Tengo un amigo abogado que se quiere especializar en temas de cambio de sexo. Considera que allí hay una verdadera mina de oro. El asunto que se ventila en los círculos transexuales bogotanos es que ahora un tipo que se cambie de sexo se pensiona más rápido. La pregunta obvia es quién en la vida ha venido cotizando juiciosamente como travesti. La respuesta es nadie, porque la idea no es cotizar, sino gozar la corta vida de un trabajador sexual de esta clase. Mi amigo leguleyo dice que él puede crear una fundación para reclutar pandillas de travestis y asociarlos. La idea es sacarle jugo a la norma: pensionarse por la vía rápida, es decir, convertidos en mujeres para todos los efectos legales. Si algún vago redomado se les quiere agregar, solamente requiere de hacerse cortar el pene. También la idea es favorecer a los que no alcanzan a pensionarse como meros machos, por la vía convencional. Para todo hay una salida en nuestro estado de derecho, dice mi amigo, sonriendo de oreja a oreja.

Tengo una amiga lesbiana que se quiere operar. Busca la asesoría de un abogado especializado. Su caso es el opuesto. Ella desea que le implanten un pene con todas las de la ley. A esto se le conoce como cirugía de reasignación de género. El problema es que ella se ve abocada a terminar convertida en un hombre de verdad. En ese orden de ideas, tendría que cotizar un total de 1.300 semanas y cumplir 60 años de edad. Estupefacta a más no poder, mi amiga no puede creer que ahora tenga que trabajar más, solamente a causa de quince centímetros más de piel y nervio que le agregarán en el quirófano, junto con el cambio de sexo en el registro civil y en la cédula de ciudadanía. A ese paso, me dice, mejor sigo como estoy. Sin duda que su calentura no está en las sábanas. Conservar su vagina intacta es su mejor negocio, al menos en términos de matemáticas actuariales pensionales.

Es un espinoso asunto de política pública. No basta, pues, una operación de cirugía menor, que dura veinticinco minutos y utiliza anestesia local. Tampoco basta un simple trámite notarial, mediante escritura pública, como en su ingenuidad lo promulgan los defensores de los derechos LGBTI. Lo que en el fondo está en juego es el tema del desempleo trans. Es bien sabido que los transexuales no cotizan como transexuales. Tienen otros trabajos, de corte informal. Son peluqueros, maquilladores, Djs, bartenders, meseros, vendedores de mostrador. La pregunta que surge ante Colpensiones es quién les va a garantizar el derecho al trabajo en su profesión. O mejor, en su género alternativo. O si el ministerio de trabajo se encargará de crear una bolsa de trabajo para transexuales. O si los transexuales que cambien de régimen pensional tendrán un trato preferente. O si la alcaldía mayor de Bogotá les concederá un subsidio trans en los buses de Transmilenio. 

Se abre un nuevo capítulo en nuestro precario derecho trans. En el mundo hay legislación, doctrina y jurisprudencia trans. Hay política pública trans. Hay economía trans. Hay literatura y arte trans. Nos falta un viceministerio trans. O por lo menos una dependencia, adscrita a Bienestar Familiar. Mi amigo abogado espera que alguna universidad abra un programa de maestría en derecho trans, al cual pueda acceder con una beca otorgada por Human Rights Watch. Mi amiga lesbiana quiere viajar a la ciudad de San Francisco, California, y ser activista delegada en materia trans, en el congreso mundial respectivo, que desde ya se prepara para el 28 de junio de 2016. El problema es si se opera o no: trans o cruz. Su novia, que es una bonita ingeniera industrial, espera una decisión en firme. 




13 jun 2015

VOYERISMO


Soy voyerista. No me da pena confesarlo, todavía con mis gafas puestas de 3D. Cuando se es joven, a uno no le choca que lo miren haciendo el amor. Le sobran feromonas. Le salen por los ojos y las orejas. Le escurren por las pestañas, los pómulos, el cuello y el filo de las uñas. Nadie parece darse cuenta, y a uno eso le duele en el alma. Quisiera decirle al mundo que es el más potente, el de mayor extensión y capacidad de penetración viril. En ese tiempo maravilloso, uno sueña con ser un exhibicionista, de aquellos de las películas suecas.

Cuando uno envejece las cosas cambian. Las feromonas se diluyen en el interior de la piel. Los demonios del cuerpo se aburren, bostezan como locos, como poseídos por bastardos silencios angelicales. Se marchan a buscar mejores destinos, en medio de los jovenes que apenas despiertan. Uno de viejo hace el amor con más imaginación y fantasía, pero con menos cuerpo. Los huesos tienen menos calcio, los músculos han ganado en ácido láctico de viejas cosechas. No es que se ponga como los viejos vinos o los viejos quesos, sino como los viejos verdes. Tampoco es casualidad que esta parafilia se repita mucho más en hombres que en mujeres.

Con el paso de los años uno hace el sexo, es verdad, si bien ya empieza a reconocer que otros lo hacen mejor, con más magia y más legiones de feromonas revueltas. Cuando se pone a mirar pornografía, uno se detiene como alelado en el fuego de la cópula de las parejas. Ya no busca chicas solas, masturbándose a solas. Quiere ver acción, en su inacción. Se siente parecido a los curas de los conventos de clausura que distraen las tardes de domingo mirando viejas películas de vaqueros.

Espiar a los demás, al menos en 3D o por videochat, ya no es una aberración. Es una posibilidad apenas real, ahora que todo el mundo se ha concentrado en tirar, tirar y tirar, mientras el mundo hace el esfuerzo por no acabarse, por seguir mirando con enrojecidos ojos de pernicioso voyerista. El mundo y Dios, claro está: mirando aquí y allá, a izquierda y derecha, encima y debajo... Por consiguiente, estamos en mora de redefinir el término voyerista... ¿Y qué es un voyerista, me preguntaría mi religiosa madre? Yo le diría que es alguien que peca y empata en tiempo pasado, viendo a los demás pecar en tiempo presente. Un voyerista es un paparazzi con la mira bien enfocada. Un pequeño dios que ha perdido en medio de la contienda sus dones naturales. Alguien que sigue pensando que Dios creó el viagra para alargar, hacia el infinito, los poderes del sexto mandamiento...




11 may 2015

PORNO CASERO


Está de moda que las parejas se graben teniendo sexo. Todavía no se le ha puesto nombre a esta práctica. No es porno casero. No invoca la lujuria por la lujuria, en cuanto se detiene en el colorido de cada caricia, en cuanto se goza la ilegible humedad del más mínimo beso. Tampoco es porno amateur, porque ni es amateur, ni es porno, en la extensión de la palabra. Hay sitios en la web donde a uno le pagan a buen precio esos registros. Pero, por lo general, lo que en los sitios porno se suele definir como amateur no es más que una actuación, y no pocas veces en lugares públicos, tales como parques, buses o cajeros automáticos. A los voyeristas les encanta este subgénero. Más de uno ignora que es apenas una mediocre puesta en escena para sacarle dinero del bolsillo.

Una amiga mía ha decidido que su plan de negocios está por esos lados. Al principio trabajó como modelo de webcam durante un par de años. Le giraban en euros, desde España. Luego me dijo que su vida había perdido sentido. No la empañaba el aliento de los hombres, no se sentía morboseada en tiempo real. Le hacía falta ese componente a su vida. Entonces decidió subir los videos en los que hacía el amor con su novio, un pesista de cuerpo espectacular. Así resucitó su líbido comunitaria. Pronto empezó a recibir correos de muchas partes del mundo. En un espacio más restringido, juntos comenzaron a hacer shows y espectáculos swinger en apartamentos y clubes privados. El novio casi llegó a desplazarla, además que su lado gay empezó a aflorar demasiado.

Hoy ella me dice que necesita hacer dinero. Siente que a sus 35 abriles no ha hecho gran cosa. De otra parte, su cuerpo ya no es el de antes, a pesar de las operaciones. Se ha hecho tetas y nalgas varias veces. Una tarde, por quitármela de encima, tanto en lo físico como en lo conceptual, le dije que lo verdaderamente in, hoy por hoy, era el cambio de sexo. Sin siquiera tomar aire, me dijo que le gustaba la idea, por osada y por posmoderna. Y que más de una vez se había imaginado penetrando a un hombre, en parte por curiosidad, en parte por venganza o reparación simbólica.

Lo último que supe es que su novio se piensa volver mujer, y ella hombre. La operación doble les sale más económica en un centro médico especializado de Miami. Tan enamorados como andan, no quieren romper su armonía de pareja, pase lo que pase. Me los imagino grabándose, durante la noche de bodas, en su nueva naturaleza dramática. Me la imagino a ella, sacándose el clavo respecto de tipos como Stanley Kubrick, Steven Spielberg o el mismo Rocco Siffredi... Ahora mismo me pregunto cuál podría ser el nombre de esta nueva práctica o, tal vez, aberración fílmica... ¡Amanecerá y filmaremos!

1 abr 2015

LA PRODIGIOSA INDUSTRIA DE LOS CONSOLADORES


Acabo de leer una noticia según la cual la industria de los consoladores crece más que la de los computadores portátiles, las tablets y los carros que ahorran gasolina. Los dildos femeninos se nos volvieron artículos de primera necesidad. Tienen un peso relativo en la canasta familiar de las clases medias y superiores. Por algún motivo crítico y exógeno a esta nota periodística, el planeta se les está quedando pequeño, día a día y noche a noche. ¿Qué podría estar pasando en este raro mercado que nunca se han ocupado en estudiar a fondo los economistas neoliberales?

Me dice una amiga que trabaja en una Sex-Shop del Soho de Nueva York, que la industria de los consoladores tiene mucho que ver con la de los misiles. También los misiles giran y giran especulativamente alrededor de la tierra, antes de alcanzar su mortal objetivo. Tras esa afirmación acertada y a la vez risible, le hago saber a la vendedora especializada que los consoladores no producen dolor, catástrofe y muertes al por mayor, sino placer, agua salina y orgasmos a granel. En ese preciso momento llega una clienta rubia de unos treinta años. Mira el catálogo. Se hace poner tres dildos sobre la vitrina. Escoge el más grande, que más bien parece un gigantesco lapiz labial gótico. Es decir, negro en la cabeza giratoria y abatible. El resto es plateado. La bella y reflexiva mujer se marcha. Procuro no volverme a mirar, pero podría jurar que su novio o marido es un negro. De pronto, es un suboficial que está en la guerra y trabaja con misiles teledirigidos. Su prometida no se le pueda quedar atrás, mientras el tipo regresa o lo matan, en el mismo momento en que ella llega al orgasmo, de este lado del planeta.

Mi amiga y yo seguimos hablando, antes que llegue la hora de cerrar la tienda. Como hace tanto frío en esta extraña primavera, saco de mi chaqueta media botella de vodka. Bebemos lentos sorbitos, a pico de botella. Mientras ella cierra el negocio y asegura los candados de las vitrinas, llegamos a una conclusión común. Es preferible que la gente se quede en su casa, masturbándose de cara al espejo del techo, antes que salir a matar sigilosamente al vecino. Además, los países deberían invertir en más armamento. No de guerra, sino de sexo. Al fin y al cabo, el sexo es guerra, y la guerra es sexo. Lo sabe cualquier carnicero, chofer o albañil, sin necesidad de leer al maestro Sun-Tsu o al mismo Clausewitz. 

Para la prueba un botón: no salimos, sino que nos encerramos en la tienda con la luz apagada, de modo que los de las tiendas vecinas no sospechen nada. Mientras mis ojos se acostumbran a la oscuridad, mi amiga prende todos los consoladores al mismo tiempo. Lo hace tal como en otros tiempos las mujeres encendían velas para convocar a Afrodita. Debo confesar que nunca he trabajado en la industria del armamento. Ni siquiera soy reservista. Tampoco soy capaz de manejar un arma de fuego. Sin embargo, ella abre las piernas y me pasa un consolador que brilla en la oscuridad. Es verde manzana de neón. Más parece una granada de mano, pero de confite. Lo que sigue se lo dejo a la imaginación del lector.