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4 dic 2013

LOS POLVOS CONTADOS





A menudo me sucede. Voy a investigar sobre las mujeres de Borges o sobre el origen sexual de los fractales de Mandelbrot. Entro a Google, me pierdo. Acabo en temas ajenos a mi búsqueda, pero que son vitales y decisivos. Y eso es, polvos más, polvos menos, lo que me ocurrió anoche. Andaba buscando un polvo para la tos de raíces orientales y me encontré con los polvos de García Márquez. Dice el costeño genial que uno viene al mundo con los polvos contados. De modo que si uno no se echa el polvo, en su punto y hora, el polvo se pierde.

No lo creo así. Por lo general, los buenos polvos no saben mucho de matemáticas. Son ciegos, no miran la cara de nadie. Se abren paso a tientas entre el calor de las bragas y las braguetas. No respetan raza alguna, clase social o nacionalidad. No redimen polvos por millas. Los polvos son en cuanto son, siguiendo a Wittgenstein. El paseo de río, la visita al museo, el funeral de un militar, pueden llegar a ser el motivo de aquel polvo inconexo, inesperado, imprevisto.


¿A qué viene tanta estadística? ¿Qué papel juega el azar en la métrica de los orgasmos? Son los polvos milenarios quienes producen su propia telaraña. Ellos inventan la situación, escriben la dramaturgia. Desde la noche de los tiempos contienen el cloruro de sodio, las ondas antiperistálticas y los fluidos de las pieles llamadas a invocarlos. Son los polvos que valen por diez, por mil. Quickies de milagro, en homenaje al "polvo eres". Quiero decir, aquellos polvos que en el instante mismo se olvidan, pero uno se los goza clandestinamente por el resto de la eternidad. O de pronto sí cuentan, al menos para un nostálgico dios castrado, vaya uno a saber... ¡Tendríamos que preguntarle a la viuda de Mandelbrot!

26 sept 2013

LA CARNE DE LAS EUROPEAS



Hay mujeres europeas que buscan ser descubiertas en América. Quiero decir, vienen a que las desnudemos. Uno les siente la respiración, la sangre arrebatada, la carne del instinto. El problema es que ellas no nos atraen. A menudo sus ojos son fríos. Sus cuerpos lucen algo pesados de civilizaciones, de filosofías, de libros de anticuario. La manera como encienden un cigarrillo nunca es festiva o hechizante, siempre es trascendental. Alguna parecería a punto de saludarnos con una frase de Kundera, un verso de Ungaretti.

En el Caribe les va mucho mejor que en las cordilleras. Los negros les adivinan la lujuria, les conocen de lejos el aroma de sudor, la terrible agitación de las feromonas. Los negros saben simular ingenuidad, primitivismo, con singular acierto. A fuerza de mesura y silencios de manos gruesas, se las llevan a la cama. O mejor, a los riscos de las playas, a los descampados de las estrellas. Después las mujercitas se despercuden, se dan una vuelta por Suramérica y regresan a sus sitios de origen, a trabajar para sus maridos y sus hijos capitalistas. No han gastado mucho dinero, han cumplido sus sueños sexuales atrasados.

Los europeos vienen por las trigueñas de todo orden. Les caen bien las negras, pero su fortaleza está en las curvas de nuestras indígenas mezcladas en múltiples direcciones. Casi que no tienen que pedirlo, pues ellas desde la primera sonrisa se dejan domesticar. Más tarde, ellos se dan una vuelta por Suramérica y retoman el sendero a sus países de origen. Nada les queda por vivir, después de esto. No han gastado mucho de la herencia que les corresponde por sangre y apellidos.

Mientras tanto, los latinos seguimos esperando. Vivimos pobres de cuerpo, alma y espíritu. Soñamos con otros modelos económicos. Hacemos el amor porque no hay nada más que hacer. Parimos hijos por defecto. Los educamos sin sexualidad. Nos da oso echarnos un polvo fuera de casa. Morimos soñando con haber nacido en Europa. No heredamos sino el rollo de gusanos bajo el mármol o el sendero industrial de la ceniza de crematorio. Y nos quedamos lamentando eternamente no haber sido desnudados por nuestras propias mujeres. Ni siquiera hemos descubierto América.

27 ago 2013

GAROTAS ARDIENTES



Acostarse con una gringa es como desayunar con una hamburguesa de Mc Donalds recién salida de la nevera. No hay química bipolar. Es un ejercicio de estilo entre las sábanas, un espacio unidimensional donde se funda un acople de cuerpos sin demonios de la carne. Ya se ha dicho muchas veces que el erotismo debe tener arte, o no es erotismo. Otra cosa es hacer el amor con una mujer latina. Uno hace el sexo y el amor, el amor y el sexo, sin necesidad de una teoría de conjuntos. Una cosa verdaderamente especial es hacerlo con una garota brasileña.

Me refiero una de esas aceitadas garotiñas que con sólo mirarlas se le corta a uno la respiración y se le llena la mirada de orgías con un solo hombre, un solo dios verdadero. Son las mujeres que desde chiquitas fueron educadas para mover las caderas con el ritmo de las olas del mar de leva. Las mismas que cuando mueren siguen danzando desde la cal de los huesos hacia adentro. Me gustaría ser enterrado en una fosa común con una de estas bailarinas de samba, una veterana de 666 carnavales. Pero a mi edad todavía albergo el sueño de viajar a Río, de emborracharme con galones de caipiriña, de llevarme al hotel con ventilador de aspas a una de estas diosas de pies de barro y sangre de volcanes en erupción. No tengo duda que esa será la mejor experiencia de mi vida. O de mi muerte. Pues me dice un marinero que ellas no sólo le reavivan a uno las ganas de vivir, sino que le hacen vivir otras vidas en el instante de la agonía.

Las mujeres brasileñas conforman la raza cósmica de la que hablara José Vasconcelos. Ellas sí conocen las medidas del amor y las saben aplicar a mano alzada en cada poro húmedo de su piel. Los expertos en biogenética ya deberían estar buscando remedios para la impotencia dentro de la cocina de estas mujeres. Muchos ancianos millonarios pagarían el oro del mundo por ser tratados con algo del genoma, de la linfa de las vértebras de estas maquinarias sexuales. Por cierto: alguna vez pensé en cambiar mi nacionalidad, en marcharme de Colombia, en fundar un modesto hogar en Ipanema o Belo Horizonte. Me lo impidió el miedo a los filtros de los brujos negros. De otra parte, me detuvo la idea de que mi hijo primogénito llegaría a ser un futbolista aficionado, un bailarín aficionado, un soñador aficionado... Un perfecto aficionado en la palabra... ¡De tal padre, tal hijo!