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4 abr 2013

SOFÍA VERGARA



Por un solo día me quiero convertir en la voz de los colombianos que tienen los labios cosidos con hilo negro, de cáñamo de hechizo de santería. Tenemos que hacer la revolución, de una vez por todas. Y reclamarle a esta mujer una obra de caridad por su patria de sangre. Viéndola en Modern Family, me niego a creer que Sofía pueda haber nacido en un país con tan alta tasa de desnutrición. Sus dramáticos pechos llenan la pantalla, a pesar de ser esa una serie de humor gringo, tan descafeinado y tan deslactosado como siempre. Sofía ayuda a equilibrar, por sí misma, el elenco y el set, donde hasta las carcajadas son de cartón piedra y color pastel.

Mis labios se resecan cada vez que leo los títulos iniciales del programa. Me duelen los dientes desde la raíz, me pesan las rodillas. Siento la falta del calcio en todos estos años, desde que mi madre me pasó a la leche de tarro. Padezco el síndrome de Peter Pan. Curiosamente, la bella barranquillera no es perfecta. Otras son 90 y 60 y 90. Otras son nada más que lobas de dientes de calavera de manufactura china, sin gota de raza caribeña en un ADN de tan mezquino pasado común. Otras son bellezas estándar de tira cómica, flacuchas de viacrucis forzado, de coyunturas de pena, de cabellos como hilos de telarañas. Ninguna está domesticada en mis instantes cifrados.

Vuelvo a Sofía de mi campanilla de Pavlov. Creo que debería abanderar un comercial de leche Klim, haciendo cada letra equilibrio entre sus ángulos menos turgentes y la molécula más excéntrica de mi ácido péptico. Bastaría una visión de sus dos incisivos, de duro calcio, en horario Triple A para ayudar a dormir a medio Macondo, al margen de tanta publicidad política. Siempre soñé con entrevistar a García Márquez para indagarle por sus orgasmos primitivos con negras. Hoy me conformaría con sacarle a esta hija de Barranquilla sus minuciosas verdades sobre el nacimiento de los capullos de sus senos, hasta que tuvo plena conciencia que desbordaron el escote de flores rojas, amarillas y verdeazules, y se llenaron de picoteos de miles de estrellas. Quizás el 2013 sea el año de cumplir ese sueño, de regenerar mi confianza, no en mis dotes de periodista de azar y de ocasión, sino en mis hipos de bebé soñoliento. 

18 ene 2013

SEXO IN VITRO




Mi flaca novia gringa me pidió hacer un trío. Lo pensé con todas mis neuronas, vivas y muertas. Traté de elaborar una excusa, de sentir la fatiga de nuestras últimas noches. Ella no se detuvo en detalles. Visitamos un bar swinger de la Zona Rosa, abajo de la Carrera Quince. La luz era verde y violeta, con fondos de neones. Todavía no me decidí a compartir sus gemidos. Algo en mi filosofía de cama me mantenía atado al esquema del macho único, de pelo en pecho y remolino en el ojal.

Volví sin mi lanzada gringa, el sábado pasado. Quería ajustar cuentas con los demonios del cuerpo, sin  el escorpión de los celos caminando sobre mi piel. A mi modo quería cerrar la brecha sexual entre Norte y Suramérica. Una mujer entrada en carnes me empujó hacia un cuarto de cojines blancos y negros, junto con dos mujeres jóvenes, una de ellas indígena y con los dientes limados. Al principio me sorprendió su facha. Pero yo había trabajado con el Ministerio de Cultura y en más de una ocasión había deseado tener algo que ver con la ejecución de políticas públicas de poblaciones vulnerables.

Pensé en las cenizas recientes de mi padre, en los mausoleos del Cementerio del Norte para cumplirle a las dos. A la indígena se le trababan los dientes, se le derramaba la saliva por las comisuras, mascullaba algo. Gritó el nombre de unos de sus dioses, alguien de pómulos de arcilla y huesos de maíz pelado. Luego puso los ojos en blanco. Su piel olía a una procesión de antorchas encendidas bajo la luna de las ranas, rumbo a una de las orejas de la tierra. 

Yo esperaba que estas muchachas tan exóticas levantaran una cartografía de sus lunares, humores, gotas de sudor. No fue así, pues se pelearon y mechonearon con ferocidad. Esa resultó ser la mejor escena. Comenzaba a excitarme cuando sonó un timbre y se encendió una intensa luz amarilla en el techo. Todavía la mestiza lloriqueó un poco, mientras trataba de abrocharse el sostén de satín, con la cara vuelta. Lucía un mordisco y sangre en el brazo izquierdo. Bajamos la escalerilla de acero inoxidable. Resonaron aplausos y chiflidos. Un poco tarde vine a descubrir que nos habían estado grabando detrás del gran espejo. Algo más cerca del sexo in vitro, que del sexo en vivo. Justo a la salida el portero negro me dio una palmadita en la espalda. Y ahora solamente espero descubrir el video colgado en internet. Entonces le voy a plantear una nueva posición política a mi flaca novia gringa.


6 nov 2012

EL OMBLIGO DE LAS MONJAS



De niño me preguntaba por el ombligo de las monjas. Un círculo de fuego fatuo, un túnel sin fondo, algo que iba más allá de las posibilidades finitas del cuerpo humano. Con los días me fui decepcionando de sus misterios. Las monjas empezaron a llenar mi cabeza de horribles dudas. Esa implacable manera de exhibir sus túnicas bajo el sol de mediodía. Ese modo de mirar el mundo de reojo, aparentando conocer a fondo el fondo mismo de las cosas.

Dudo de estas mujeres, tan ajenas a los aguaceros, como talladas en piedra de cantera, con  el corazón martillado en un taller de los suburbios de Samarkanda. Parecen haber nacido así, sobre un colchón  no de plumas sino de cubitos de hielo. Hoy sólo me llenan el espíritu las monjas estrafalarias de Fellini, las monjas comadronas de Botero, las monjas enterradas en los cementerios de pueblo. Unas monjas distraídas entre la luz de la luna y los roces de las pieles. De otra parte, me encantan las monjas que se autoflagelan, que sacuden con sangre sus tormentas secretas, que no se dejan intimidar por las tinieblas de sus instintos discrepantes. Después de ese ejercicio vuelven a ser ellas, turbias mujeres de mundo.

Pero sigo siendo ese niño con un avión de papel en el pecho. Todavía sueño con una monja pelirroja, de pubis mal afeitado y treinta años de edad. Una monja de boca muy carnosa que en su mirada me devele los ayunos atrasados de los gordos demonios de su carne. Eso me motiva.