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6 nov 2012

EL OMBLIGO DE LAS MONJAS



De niño me preguntaba por el ombligo de las monjas. Un círculo de fuego fatuo, un túnel sin fondo, algo que iba más allá de las posibilidades finitas del cuerpo humano. Con los días me fui decepcionando de sus misterios. Las monjas empezaron a llenar mi cabeza de horribles dudas. Esa implacable manera de exhibir sus túnicas bajo el sol de mediodía. Ese modo de mirar el mundo de reojo, aparentando conocer a fondo el fondo mismo de las cosas.

Dudo de estas mujeres, tan ajenas a los aguaceros, como talladas en piedra de cantera, con  el corazón martillado en un taller de los suburbios de Samarkanda. Parecen haber nacido así, sobre un colchón  no de plumas sino de cubitos de hielo. Hoy sólo me llenan el espíritu las monjas estrafalarias de Fellini, las monjas comadronas de Botero, las monjas enterradas en los cementerios de pueblo. Unas monjas distraídas entre la luz de la luna y los roces de las pieles. De otra parte, me encantan las monjas que se autoflagelan, que sacuden con sangre sus tormentas secretas, que no se dejan intimidar por las tinieblas de sus instintos discrepantes. Después de ese ejercicio vuelven a ser ellas, turbias mujeres de mundo.

Pero sigo siendo ese niño con un avión de papel en el pecho. Todavía sueño con una monja pelirroja, de pubis mal afeitado y treinta años de edad. Una monja de boca muy carnosa que en su mirada me devele los ayunos atrasados de los gordos demonios de su carne. Eso me motiva.

21 ago 2012

PROYECTO DE VIDA


Se ha puesto de moda: todo mundo te habla de su proyecto de vida. Te dicen que hay que tener una meta, un objetivo en mente para redireccionar sus pasos. A uno le dicen que es necesario pensar con sumo cuidado qué estará haciendo a la vuelta de cinco, diez, veinte años. Hay que tener los pies en la tierra. Es preciso estar dispuesto a hacer realidad ese proyecto de vida. Levantar la mirada con orgullo, cuidando de llevar en ella un horizonte finito.

No hay tal. Cuando uno establece dentro de cuántos metros cuadrados va a vivir, con quién va a compartir sus ronquidos, con cuánto dinero va a hacer mercado los domingos, qué raza de mascota, lo que está es enterrando el azar, su voluntad relativa, sus sueños... Ganarse la vida juiciosamente en su puesto de trabajo. Pensionarse, tener dos nietos y una nieta. Vivir dentro del estándar, regar sus flores carnívoras. No olvidarse de sembrar un caucho sabanero artificial, en homenaje a lo que una vez se quiso hacer pero nunca se llevó a cabo. No creo que exista nada más cruel que este proyecto de vida. Quiero decir, de muerte.

Para los hacedores del siglo XXI el azar es algo peligroso. Nadie quiere dejar ninguna cosa al garete, a la circunstancia, a los hados del destino. Quien lo hace es un irresponsable, un inmaduro, un desadaptado social. No lo creo así. Me parece que aquel que no traza su proyecto de vida está más vivo, o más muerto, según se mire, que sus conciudadanos. Por lo menos es alguien que se goza el sudor de sus poros, el llanto que le sale después del orgasmo y la risa que le producen sus fracasos acumulados. Hemos olvidado el perfume animal, el gusto por el vértigo, la cifra de los excesos.

Ya va siendo hora... ¡Inventemos algo, cualquier cosa, menos esa variedad de muerte tribal y anticipada! ¡Busquemos otras pesadillas, nuevos infiernos y atmósferas debajo de las piedras! ¡Renunciemos a los mortales proyectos de vida! ¡A sus ventanas que siempre dan a un patio trasero en obra negra!