Vistas de página en total

21 ago 2012

PROYECTO DE VIDA


Se ha puesto de moda: todo mundo te habla de su proyecto de vida. Te dicen que hay que tener una meta, un objetivo en mente para redireccionar sus pasos. A uno le dicen que es necesario pensar con sumo cuidado qué estará haciendo a la vuelta de cinco, diez, veinte años. Hay que tener los pies en la tierra. Es preciso estar dispuesto a hacer realidad ese proyecto de vida. Levantar la mirada con orgullo, cuidando de llevar en ella un horizonte finito.

No hay tal. Cuando uno establece dentro de cuántos metros cuadrados va a vivir, con quién va a compartir sus ronquidos, con cuánto dinero va a hacer mercado los domingos, qué raza de mascota, lo que está es enterrando el azar, su voluntad relativa, sus sueños... Ganarse la vida juiciosamente en su puesto de trabajo. Pensionarse, tener dos nietos y una nieta. Vivir dentro del estándar, regar sus flores carnívoras. No olvidarse de sembrar un caucho sabanero artificial, en homenaje a lo que una vez se quiso hacer pero nunca se llevó a cabo. No creo que exista nada más cruel que este proyecto de vida. Quiero decir, de muerte.

Para los hacedores del siglo XXI el azar es algo peligroso. Nadie quiere dejar ninguna cosa al garete, a la circunstancia, a los hados del destino. Quien lo hace es un irresponsable, un inmaduro, un desadaptado social. No lo creo así. Me parece que aquel que no traza su proyecto de vida está más vivo, o más muerto, según se mire, que sus conciudadanos. Por lo menos es alguien que se goza el sudor de sus poros, el llanto que le sale después del orgasmo y la risa que le producen sus fracasos acumulados. Hemos olvidado el perfume animal, el gusto por el vértigo, la cifra de los excesos.

Ya va siendo hora... ¡Inventemos algo, cualquier cosa, menos esa variedad de muerte tribal y anticipada! ¡Busquemos otras pesadillas, nuevos infiernos y atmósferas debajo de las piedras! ¡Renunciemos a los mortales proyectos de vida! ¡A sus ventanas que siempre dan a un patio trasero en obra negra!



5 jul 2012

LA SOLEDAD DE UNA STRIPPER




Extraño esos tiempos en que visitábamos teatros en ruinas para ver mujeres desnudas. Por lo general una cuarentona en desuso, bailando un ritmo popular. Como en un cuento de Bukowski, se despojaba de un traje negro enterizo, que iba dejando ver sus adiposidades y otras señales, tales como la de alguna cicatriz de operación o pelea callejera. Los muchachos de la época nos mezclábamos con los viejos impotentes de la época para hacer barra a la nudista de turno. No era tanto el morbo individual, sino el gozo comunitario lo que más nos excitaba a todos.

Hoy la puesta en escena ha cambiado. Se ha privatizado. Y no por culpa de las terribles multinacionales o de las políticas públicas neoliberales, últimamente tan de capa caída. Pero quizás las redes sociales nos han llevado de la mano a otro tipo de desnudismo. 


Hoy el lugar es un bar muy estrecho, lleno de espejos y mesas de vidrio y aluminio. Todo brilla. Uno debe esperar a perder a ceguera. La chica, muy operada, se le ofrece al entrar. Si uno accede, se le desnuda enfrente, casi encima. Los otros tipos miran de lejos. A veces ella se quiere acostar con uno. La mayoría de las veces no. Se marcha a casa envuelta en un abrigo de piel, de marquilla china. 


No he vuelto a ese tipo de show, donde la soledad es la otra marca. No queda un rastro de lujuria comunitaria, de marxismo sexual. Ningùn aroma pesado. Nada se pudre allí, en ese cielo. Nadie grita el nombre mundano de Dios. Ni siquiera eso!





13 jun 2012

LAS FLACAS DE BOTERO


Las gordas de Botero son muy, pero muy flaquitas. Lo que pasa es que tienen un corazón muy grande, que amenaza con reventarles el pecho. Unas aurículas llenas de burbujeante lujuria tropical. Ya lo dijo el propio Fernando: tan sólo pinto volúmenes. Todo es culpa de quien se atreve a mirar a sus personajes con ojos de mezquindad occidental. Porque antes se hace preciso establecer esa distancia necesaria entre la extensión primitiva contada por el pintor y la extensión cartesiana vivida por el espectador.

Confieso que no soy de los tipos a los que les gustan las gordas. Todas están llenas de burocracia, de pereza ancestral, de muy pocas ganas de hacer el amor en otra posición. Una gorda es sospechosa de algo turbio, digna de desconfianza por donde se la mire. Su piel no exhala tibieza líquida, sino humor de vela de cebo y manteca porcina insaturada. Una gorda siempre está metida en chismes y consejas de cocina. Siempre está espiando como un búho desplumado a las parejas en los parques y en los cinemas. Y siempre está mirándose las llantas, de reojo en el espejo, en busca del milagro que nunca ha de llegar. No ignora que su mejor epitafio es el más simple: "Campo de trabajos forzados para gusanos".

Las gordas de Botero son distintas. A estas gordas uno las ve por primera vez y las recuerda para toda la vida. Son unas tipas sensuales. No pesan un solo gramo en el recuerdo, no se infiltran con sus praxis conspirativas entre las fisuras del insomnio. Levitan ellas, felices, bajo un cielo de caricatura. Viven su prodigiosa eternidad a cuentagotas. No nos estorban para nada. Adornan con sus redondeces el mundo de todos los colombianos con problemas de nutrición y dialogan en clave con la lluvia y el relámpago de nuestros antepasados indígenas. 

Uno de solterón quisiera cumplir el sueño de hacer el amor con una gorda de Botero. No tomarse siquiera el trabajo de seducirla. No dejarla pensar, mucho menos respirar. Tomarla de frente y por asalto, reventando una a una las pepas blancas de su vestido de tafetán rosado. Morderle los labios hasta hacerlos sangrar mermelada de frambuesa. Y hacerle el sexo, en cambio del amor, dejando suficiente espacio para que hacia la medianoche sea la misma gorda quien le de la vuelta al ajedrez carnal. Y que de un solo empujón le haga doler a uno el hueso del amor en lo profundo. Y oír crujir, saltar en astillas el calcio ferviente, el blanco a oscuras del comúnmente denominado "hueso isquión". 

Y finalmente hacerse uno polvo en el polvo, al filo del polvo.