Periodismo sin mayor intención. Minicrónicas atípicas o anómalas, a partir de todos aquellos que no tienen voz mediática. Fracasados, marginales, vagabundos, tribus urbanas, LGBTIXYZ, etc.
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5 abr 2017
8 mar 2017
WHITMAN EN ROSA
Walt Whitman era un tipo gay, con sus cabellos y sus barbas contra el viento, en verso libre. Le gustaban los muchachos. Le gustaban los bomberos musculosos y los carniceros con el afilado cuchillo en la mano. Le gustaban los policías con facha de inmigrantes irlandeses, rubicundos y pecosos, agitando sus porras. Le gustaban los ladrones de caras rayadas y los rufianes del ruedo. Le gustaban los abogados recién graduados, de pretenciosas miradas torvas y chaquetas de hombreras altas. Le gustaban los oficinistas sin nada en la mente, en mangas de camisa. El mañoso Walt se subía al ferry del East Side con la ilusión de apretujarse con todos, de ida y vuelta. Rozarlos, entrechocarlos, empujarlos, dejarse empujar como al descuido. Esa era la tarea. Y respirar muy de frente, uno que otro aliento tibio. Este era el bonus track.
El resto del tiempo ejercía como periodista. A mediodía, se encerraba a escribir su columna del Daily Eagle. No solamente escribía su columna, sino el editorial y el resto del periódico, usando diferentes seudónimos. También se daba el lujo de ir al taller y ayudar a componer las páginas de tipos de plomo. Al caer la tarde se alejaba de Brooklyn. Deslizaba sus botines de caminante por los lados del Greenwich Village. Desde las ventanas del Café Salim la luna era más redonda. Se tomaba unas cervezas, dejando escurrir el último chorro por las comisuras de su boca, a efecto de remojar los filos de sus barbas blancas, percudidas. Luego se iba derecho hasta el vecindario italiano. Buscaba un muchacho con cara de hambre y de vicio. Se lo llevaba al cuarto. Nunca le perdonaba que no se dejase besar por los cinco costados, incluido el del corazón. No permitía apagar la luz, a fin de no perder de vista su próximo verso.
Todos esos tipos de acero son los que llenan sus poemas. Muchas veces casi no caben en semejantes catálogos. En ¨Leaves of Grass¨ se lamenta que estén siempre vestidos, que sus trajes no permitan ver la gloria de la piel masculina a simple vista. Pero sucede que Whitman quería ser la voz de una nación. Impostó la voz, a más no poder, para conseguirlo. Se subió al pedestal reservado para un macho. Un macho americano de zapatos número 43. Y nadie ha podido bajarlo, ni Donald Trump con su numerosa cabellera, desde su nuevo escritorio. En medio de los cambios que se avecinan, ojalá Whitman siga siendo el gran poeta americano. La voz de América, por antonomasia. Siempre y cuando a Trump no le de por buscar otro más virilmente americano, de camisa de cuadros, vello en pecho y remolino en el ojal. En verso libre o consonante.
12 feb 2017
IDIOMAS Y SEX SHOPS
Un negocio se impone. Es el de las tiendas sexuales. Antes, a finales del siglo pasado, era raro ver una de ellas a cielo abierto. Se disimulaban muy bien en los centros comerciales, detrás de espejos ahumados y una que otra luz fucsia o violeta. Hoy se han tomado las calles bogotanas. Ya no hay que buscar furtivamente en las Páginas Amarillas. Sus colores vistosos nos asaltan a la vuelta de la esquina. Es probable que en unos años nos podamos extraviar impunemente por microcosmos especializados, tal como uno se pierde en Ámsterdam, París o Nueva York. También es probable que muchas abran sus puertas alrededor de las academias de idiomas, según lo que le acaba de suceder a mi amiga Margarita.
En diciembre pasado acompañé a Margarita, que se acababa de separar de su esposo, a hacer unas compras. Después del supermercado y el drug store, me pidió que la siguiera por un callejón de la Carrera Quince. Aquello no parecía una tienda, sino un parque temático. Era un gran local de diseño chill out, con espejos a diestra y siniestra, y música Deep House. Al alcance de las manos había aparatosas construcciones de látex, como torres de campanario. Había obeliscos góticos y neoclásicos. Había terribles sogas de monasterio, pesadas cadenas de claustro de la Edad Media, afilados instrumentos de tortura de regimiento militar Nazi. Había estrafalarios juguetes y ayudas orientales de instrucciones en media docenas de idiomas. Había rechinantes bordados y lencería de mil sabores y aromas. Había chocolates marca Godiva, tan grandes como estatuas de plaza pública, con forma de Hércules mocetón o Afrodita en calor, o de la propia dama de la leyenda, sobre un caballo de raza, más que dotado.
La vendedora, una rubia peliteñida de pícaros ojos latinos, vestida como una Blanca Nieves, hizo sobre el mostrador una serie de didácticas demostraciones con dildos. Sonaban como batidoras de crema de chantilly. Le aseguró a la separada intranquila que tenía un catálogo de más de quinientos a fin de satisfacer a las mujeres más exigentes o insatisfechas en materia de placer. Al final, mi amiga escogió un muñequito de bigote trazado a lápiz, con traje blanco de chef y con la bandera de Italia impresa en el gorro, que se disimulaba muy bien en su cartera o en cualquier bolsillo de su abrigo. Pagó con tarjeta de crédito y me pidió que no le contara a nadie, por nada del mundo.
No volvimos a tocar el tema sino hasta ayer sábado, cuando me llamó para decirme que había aprobado, de un solo empujón, el examen de italiano del Istituto Italiano di Cultura. Me dijo, de paso, que su problema con el idioma había llegado a su fin. Se trataba de una tara psicológica de infancia, cuyo origen no estaba en la fonética, en la gramática o en la sintaxis del idioma, sino dentro de su propio cuerpo. Después me confió que aquel gadget era fantástico, que no sólo le había soltado el hemisferio de los idiomas, sino que además la había hecho llorar de gozo místico. No le pregunté qué clase de gozo era ese, a estas alturas de la vida.
La historia no termina aquí. La mujer se acaba de matricular en la Alianza Francesa y en el Colombo Americano al mismo tiempo, aprovechando que vive por los lados de Las Aguas. Reconozco que Margarita es una de las odontólogas más bellas e inquietantes que he conocido. Y con dominio de otras lenguas, ni le cuento. Me atrevo a especular que alguien, un europeo guapo y adinerado la espera, al otro lado del mar. Alguien que padece de insomnio pasajero y vuelve a dormir, noche a noche, a la espera de Julieta o Lady Godiva. De pronto es un italiano, de bigote trazado a lápiz, con la bandera de su país impresa en el gorro de chef.
4 ene 2017
6 dic 2016
JINETERAS
La noticia de estos días es la muerte de Fidel Castro en Cuba. Ningún capitalista pudo matarlo, prefirió morirse él mismo de aburrimiento marcial. Uno de sus más innegables y visibles legados para el pueblo cubano es el de Las Jineteras. El curioso término ha sido acuñado para designar aquellas criaturas flacuchas, que hablan cuatro y cinco idiomas, y lucen con tristeza amplias sonrisas de marfil. Su especialidad es atender braguetas extranjeras, a contrapelo de La Revolución.
Durante años, muchos amigos de izquierda, de aquellos de bolsillo de derecha, fueron de viaje a La Habana. Regresaron muy orgullosos de haber probado carne de Jinetera. Me relataron con prestigio de medalla de oro puro en la guerrera de Fidel, aquellos polvos inmarcesibles. Afirmaban sin vacilación que empuñar un machete al rayo del sol, cortar y cargar caña en los destartalados camiones, beber ron a pico de botella y entonar canciones de Carlos Puebla o Pablo Milanés, era el mejor homenaje a la memoria de El Che Guevara. Todo eso era parte de la excursión de fin de siglo. Y del reverdecer de la plena conciencia viva y tangible de los ideales de los pueblos latinoamericanos.
A los sufridos militantes les faltaba un pequeño bocado comunista. La clandestina actividad con Las Jineteras se reservaba para el final. A cada turista le buscaban una muchacha por las calles más deprimidas de La Habana. Se la llevaban bien caracterizada a la puerta del hotel, perfumada y vestida con un traje de colores vivos. El pago se hacía en dólares. Sobra decir que la chica estaba bien adoctrinada. Llevaba en su cabeza una cartilla, de la A a la Z, que trataba sobre los más diversos temas revolucionarios, a fin de avivar el fervor de quienes no vacilaban un segundo en pagar sus servicios. Después la pareja se alejaba hacia el malecón, lejos de las últimas bancas y los postes de la luz. Y de allí, enfilaban sin ropas entre la arena, por el sendero menos profundo, en el rumbo de una memorable lunada, mar adentro, allí donde la severa Ley de La Revolución todavía no alcanza a llegar.
Hoy la pregunta obligada es qué será de la suerte de Las Jineteras. Cuba debe tomar otro rumbo, y esas pobres chicas también, junto con el resto de los ciudadanos atrapados en la isla en ruinas. Por supuesto que las agencias de viajes van a perder una nube de clientes y toneladas de dólares en cash. Ya no será posible promocionar el sueño de Fidel o de El Che. Mucho menos atreverse a invitar, con una sonrisa torcida y por debajo del counter, a los turistas a echarse un buen polvo caribeño, dejándose llevar por la pedagogía de playa de Las Jineteras. Con la muerte de Castro se nos oculta la estrella nueva, se nos apaga el tabaco largo, se nos marchita el último ramito de laurel, de olor mohoso, de La Revolución Cubana.
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