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11 ene 2015

LOS GATOS HACEN EL AMOR


Otra noche más: el verano azota mi casa en la parte de atrás del tejado, más allá del balcón en ruinas. No hay forma de controlar el sexo de los gatos. La menuda gata sabe provocarlos a la distancia, sabe guiarlos hacia el punto exacto de la medianoche. Es una señal entre aguda y grave. Es un aroma entre oscuro y transparente. Los bigotes y el olfato hacen el resto, les pintan de relámpagos fucsia y violeta sus estructuras nerviosas. El encuentro se produce con el gato más cercano, o el más ágil, el mejor sintonizado. Antes ha tenido cuidado de lamerse la garras, de forma tal que demarquen con precisión el territorio del amor. La gata ni se da por enterada, casi no se da vuelta, tan distraída como está en adivinar la verdadera composición del insípido arco iris de los humanos.

El gato le muerde el cuello para hacerle saber que es un digno heredero de la diosa Bastet. La gata no se hace rogar. Su señal es como el wifi de mi PC nuevo en toda la manzana. Los demás gatos acuden con el lomo y la cola erizada. La fila india es muy clara, también los aires de batalla campal. El gato entra con urgencia milenaria en la gata. Su pene hace lo suyo. Las nubes se traban, unas con otras. La gata aúlla como loca. El volcán del Vesubio deja caer lava derretida sobre su estatua, no en mi tejado, sino en un tejado de arabescos de la lejana Pompeya. La gata no quisiera que el gato le saque su prodigiosa corona de espinas. Es necesario que siga allí dentro, de modo que ella se olvide de existir, pueda abandonar su cuerpo de gata y aspire a encarnar en diosa de la Nueva Luz y la Nueva Oscuridad.

El dilema que sigue es mayor. No es eyacular, sino sacarlo sin que se note demasiado. El gato lo hace, no puede menos que hacerlo, por temor a dejar de ser mortal entre los mortales. Tampoco le queda una gota más de semen. La vagina se desgarra en mil y un arco iris. Cada trocito les pesa a los dos hasta el fondo del cráter más antiguo de la luna, hasta la combustión de la primera estrella y la última. Después se dividen los tejados, tal como se dividen los pasos en la tierra. El gato volverá a penetrar más gatas, a lo largo y ancho de sus siete vidas. Más gatas, entre filosóficas y distraídas, entre posmodernas y politeístas, entre marxistas y neoliberales, entre machorras y feministas, renovadamente y milenariamente vírgenes. Allí, en la parte posterior de mi tejado, justo atrás de mi descompuesto balcón de veterinario soltero.


5 dic 2014

JUGUETES SEXUALES



Mi novia se ha obsesionado con los juguetes sexuales. Empezó con un aceite de coco para calentar la piel. Siguió con una pomada para resucitar serpientes prehistóricas. Continuó con un gel para estrechar el diámetro de su vagina. Le gustaba sentirse así, estrecha como la virgen anterior a todas las vírgenes de la especie humana. Ella se empeñó en usar el producto hasta que se nos acabó, una madrugada de viernes. A decir verdad, no me hizo mucha gracia. Semejante experimento por poco me produce una hernia inguinal. 

A las pocas noches apareció con un vibrador de baterías AAA. Según me cuenta, se lo regalaron en el juego del amigo secreto en la oficina. Tal parece, algún subordinado la consideraba una vieja ruda y amargada. Por esa vía entró en el camino de los vibradores. Al principio me causaban risa los inocentes muñequitos con gorros de cocineros, con quepis de porteros, con sombreros de burgueses, debajo de los cuales se escondía una bala vibradora intercambiable, que noche a noche sonaba debajo de las cobijas, hasta bien entrada la mañana. De esa época recuerdo sus ojeras y su desgana, como si un vampiro de película le chupara la sangre sin sosiego. Luego dio el salto al extravibrador de control remoto, con el cual nos divertimos un tiempo en las filas del cajero autómatico y de los supermercados, y por supuesto, en la primera banca de la iglesia en la misa de gallo. al final tuve que desaparecer el aparato, pues ya casi no me daba la cara, excepto a la hora de pagar la elevada factura de los servicios públicos.

Cuando ya creía que nuestra relación volvía a la normalidad, sucedió algo peor. Se consiguió un muñeco inflable, rubio, de ojos azules, referencia Hooligan Irlandés M-43. Una noche no pude resistir más. Fui a la cocina por el cuchillo más grande, el más afilado, y regresé pisando fuerte a la alcoba. Respiraba por boca y nariz. Juro que estuve a punto de hacerlo mil pedazos, de convertirlo en una montaña de condones picados. Ella me tranquilizó diciendo que aquello no era infidelidad. No había ningún motivo para estar celoso de un simple partner de goma. Me dio a beber dos vasos de agua con una aspirina efervescente y me rascó la nuca con el filo de sus uñas. Ese fue sólo el comienzo. Un muñeco negro y alto, como basquetbolista de la NBA, y otro calvo como luchador de la WWE, siguieron en turno. Muy tarde vine a descubrir que el mejor amigo de la mujer posmoderna no es el perro, mucho menos el hombre.

No me voy a dejar echar el agua sucia. Por algo soy colombiano de sangre y corazón. La semana pasada me compré mi regalo anticipado de Navidad. Una porrista pelirroja de los Miami Dolphins, de ojos verdes y pecas preciosas. Camino al apartamento, busqué una esquina mal iluminada, estacioné mi volkswagen y la arrojé a la basura. Me pareció una forma ingenua y estúpida de jugar a pagarle con la misma moneda. Hoy no sé qué hacer, qué camino tomar entre los mortales. Me siento como un personaje de una película de Woddy Allen. Vivo arrinconado en mi propio lecho nupcial por toda clase de ayudas: lencería, arneses, lubricantes, microchips encubiertos en telas satinadas de colores vivos. Pero esta noche es mi noche. Me voy a sacar el clavo, de una vez por todas. Acabo de llegar del Red Lights Shopping Center. Traigo conmigo un pesado látigo negro de domador de circo, importado directamente de Alemania, con el fin de enrojecer mi piel de algo diferente a la vergüenza y conseguir hacer saltar chispas de sangre de mi flaco trasero de Desplazado Sexual.   







12 nov 2014

KENIA, LA MARTIR TRANS DEL SANTAFÉ

 

Arrastraba consigo dos pecados: era negro y era travesti. Había huido de su casa del centro de Santa Marta desde muy temprano. Siempre le tuvo asco a la costumbre de los otros muchachos, aquella de volarse del colegio para ir a hacer el amor con las burras en los potreros. Dentro de su cuerpo se movían unos demonios distintos, que pedían un espacio propio para expresarse. Una mañana no aguantó tanto voltaje. Se quitó el uniforme y se duchó. Luego se puso la ropa del domingo y se peinó en el espejo del baño. Volvió al cuarto y abrió la tercera gaveta del armario. Extrajo el cofre de terciopelo rojo. Puso las joyas dentro de una bayetilla a la que le hizo un nudo doble. Se la metió entre los pantaloncillos y los testículos. Cerró la puerta con determinación, llevando consigo un morral pesado con ropa, un par de zapatos, el cepillo de dientes y el frasco de shampoo de tamaño familiar. Empeñó por el valor promedio las joyas de su madre, algo que le había visto hacer a ella, cada vez que se atrasaba su sueldo de maestra de colegio privado. Fue caminando hasta el terminal de buses. Compró el tiquete y se trepó a un bus expreso de La Bolivariana.

No miró mucho a través de la ventana. Durmió todo lo que pudo por el camino. Apenas probó una cena y un almuerzo desabridos en las seis paradas de la ruta. Vino a dar a Bogotá el siguiente sábado, bajo una lluvia obsesiva. En el terminal suspiró, mirando al cielo, más gris plomizo que otra cosa. Tomó un taxi y le pidió al conductor que lo llevara por la Calle 26 hasta el barrio de tolerancia. El otro lo miró por el espejo, como solo miran los taxistas para leer a su cliente. Le pregunto si le hablaba del Santafé. El negrito espigado asintió con una sonrisa de dientes muy blancos. Entonces se llamaba Juan Carlos Orellano, tenía 15 años pasados, pero por su estatura aparentaba unos 19.

LA VIDA EN PRIMERA PERSONA

Llegó a un hotel de la Calle 22, abajo de la bomba de gasolina. Allí se instaló, casi a oscuras, en una pieza del sótano, de más bajo precio que las de los pisos regulares. La tercera noche estuvo a punto de claudicar. Oyó voces de pelea. Dos travestis armados con cuchillos de carnicería fueron de cuarto en cuarto, golpeando las puertas y haciéndose abrir a la fuerza. Nunca encontraron lo que buscaban, porque al parecer se habían robado entre ellos. Culpaban a un tal Clímaco, quien no se había quedado en la posada esa noche. A la noche siguiente Clímaco apareció, pero entonces nadie discutió nada. Nada había pasado allí.

Se quedó con el gusto por el vértigo. De repente sintió que estaba en un lugar que siempre había esperado por él. Allí no era la única loca atolondrada, sexy, impulsiva y altanera. Allí tuvo su primera noche de sexo, que gozó en silencio con don Tito, el casero. Este era un viejo ecuatoriano, delgado y pálido, como enfermo de algo. Tito, quien solía decir que un perro ayuda a otro perro, le presentó un alegre y extrovertido combo que trabajaba en los hoteles de la 18. Allí armó su primer parche, allí empezó a gozar la vida en primera persona del singular. Ahora le faltaba un hombre de verdad. Alguien apuesto y barbado, como de telenovela venezolana, que hiciera girar la luna a su alrededor. Tardó en conseguirlo, más para mal que para bien.

Nunca se había maquillado, mientras vivió con su madre y sus hermanas mayores. En el Distrito Capital hizo realidad su sueño. Cambió su tarjeta de identidad por la cédula. Alcanzó el metro con ochenta sin tacones. Los espejos la reflejaban como la modelo que siempre había presentido que debía ser. Al principio los zuecos tendían a abandonar sus pies y se convertían en un peligro inminente. Luego fueron su elemento natural, junto con las cuchillas que portaba entre la plantilla y el zapato. Primero se hizo travesti. Luego ahorró, hasta que al fin se hizo operar. Contaba ya con 21 años.

Hasta ahí todo marchaba de maravillas. Pero Juan Carlos, que ahora se llamaba Kenia, no sospechaba lo que venía con su nuevo rol de transgenerista. Para sacar partido de su nueva condición laboral, se mudó de la 22 a la 19. Allí sacó pieza en Las Gomelas. Al contrario de sus colegas, decidió probar suerte en los prostíbulos heterosexuales de la 24. No causó risa ni estupor en esos negocios. Le fue tan bien, que antes de un año consiguió para aumentarse los pechos y respingarse la nariz. Subía y bajaba las escaleras con todo tipo de clientes. Algunas veces le iba mejor que a las modelos más hermosas. No pocas sabían que su feminidad era un prodigio de cirujano, tan normal en estos tiempos que corren. Nadie le pedía certificado de autenticidad. No arrastraba pecado consigo.

UN CHISME DE TOCADORES

Entonces sobrevino la publicitada marcha del 2011. Kenia no tuvo inconveniente en unirse al grupo de locas, travestis, lesbianas, neutros y marimachos. Quería sumar, nunca restar. Acaso le faltaba el instinto rosa, mezclado con algo de mala bilis, tan necesario al momento de abrirse paso en el competido mercado del sexo en el barrio Santafé. De cualquier modo, no se quedó a la zaga de las comparsas y los grupos musicales. Anduvo mostrando su espléndida sonrisa de neón, vestida de bailarina del Carnaval de Río, por toda la carrera Séptima hasta la Plaza de Bolívar. Después no regresó a Las Gomelas. Nadie la vio en su lugar de trabajo. Ni en el motel Los Delfines, ni en el bar El Bejuco de Tarzán. 

Apareció bocarriba en la calle 19 con Caracas. Tenía un agujero de revólver calibre 38 en la sien izquierda. Los técnicos que hicieron su levantamiento inicialmente reportaron una mujer N.N. Después se supo que era Juan Carlos, quien nunca se ocupó de cambiar su cédula de ciudadanía. Se rumoró en la cuadra que no fueron hombres. Se llegó a afirmar que fue una paisa rubia, de ojos claros, muerta de envidia porque el trans le había robado el novio, un camionero de ojos azules y barba cerrada. Sobre la acción del homicidio, se dijo que fue un sicario metalero, uno de los menores de edad que frecuentan la zona. Alguien pagado por medio de una colecta que hizo la ofendida con su círculo de chicas. Todo quedó en especulación, en rumor de trastienda, en chisme de tocadores de peluquería unisex.  

ALGUIEN DE PIEL NEGRA

El cuerpo fue enterrado en el cementerio del sur como N.N. Quizás no fue el final, sino el comienzo de algo. Para la marcha emblemática del 2013, alguien se acordó de Kenia y decidió rendirle homenaje. Se diseñó un afiche a dos tintas que se pegó en los postes de luz de las cuadras que ella solía patrullar. Contenía un dibujo, casi una caricatura a mano alzada del rostro de una negra caribeña. En el 2014, unos brigadistas de derechos humanos, vestidos con chalecos blancos y azules, se instalaron en una carpa, en la esquina de la 18 con 19. En su fecha volvieron a recordar el episodio. Esta vez con una misa campal y un sancocho de olla comunitaria. Alguien imprimió en unas camisetas blancas, obsequiadas por los brigadistas, el rostro de negra caribeña del año anterior. La población gay reconoció el símbolo, aunque no su origen. Las camisetas se agotaron muy pronto. Quienes las llevaban puestas, parecían ganar un estatus de colectivo, de agremiación organizada frente a los demás. El tremendo aguacero que se desencadenó al atardecer les dañó el festejo del día del orgullo gay. Los afiches se decoloraron, pero permanecieron varias semanas en los postes.

Al sol de hoy, nadie sabe a ciencia cierta quién era, cómo era en realidad. Apenas que se trataba de una negra operada. Los voluntarios de Derechos Humanos saben que es un símbolo sin forma, un ícono sin definición. El cronista se ha visto obligado a desdibujar la línea que separa la ficción de la realidad periodística. Los nuevos travestis que llegan al barrio son instruidos informalmente en el tema de Kenia. Es más una prevención, una señal de alerta, frente a las mujeres que laboran en el Santafé. El barrio no tiene memoria. Tampoco necesita tenerla. En sus cuadras los trabajadores y trabajadoras sexuales se precian de vivir al día, y de morir un poco al día. En todo caso, algun@s activistas de la tribu trans del Santafé han celebrado reuniones para tratar el tema. La discusión es si los operados son iguales en derechos a las mujeres. El asunto racial tampoco se queda por fuera del debate. Alguien, sin ánimo de especular, ha hablado de la muerte de Martin Luther King, en Memphis. Las operadas recientes se detienen en la esquina de la oficina de la 18 con 19. Escuchan las charlas o leen un rato los plegables que les alcanzan los voluntarios de Derechos Humanos. Así esperan, sin desesperar.

20 oct 2014

ESPERANZA GÓMEZ





Soñaba desde chiquita con ser una gran actriz porno. Con todos los pelos y señales, imaginaba un ejército de tipos que se trepaban sobre ella. Un mar de leva de donceles ansiosos, en fila india. Sin necesidad de darle la cara, invadían su piel profesionalmente. Jamás confesó ese sueño, ni a sus profesoras ni a su madre. Así las cosas, nadie pensó en mandarla a un centro de rehabilitación, a una iglesia de restauración o a un reformatorio de misioneras descalzas. La primera vez que vio clandestinamente una película XXX, se le mojaron hasta las colombinas que llevaba en el pesado bolso escolar que había puesto en su regazo. 

Soñaba desde muy temprano con ser el esposo y, a la vez, el apoderado comercial de una actriz porno. Creyó que nunca iba a llegar, pero jamás perdió la esperanza. Se casaron por la iglesia, ella de blanco virginal, él de negro impecable. Se juntaron el hambre con las ganas de comer. Fue ella quien lo introdujo en el juego de damas chinas de la infidelidad a toda prueba. Fue él quien la introdujo en el ajedrez de los tríos. Además que ella siempre estuvo, está y estará dispuesta a probar todas las posiciones, todos los miembros duros, todas las cataratas de espermatozoides.  Cuando ella se mete en la cama con el de turno, su marido no se hace preguntas de ninguna índole. Sabe que ella hace el amor con él en exclusiva, en la dimensión de otra carne. Solamente quiere preservarlo del desgaste acostumbrado, tasar su testosterona para el futuro, custodiar la geometría de sus polvos. A ella y a su marido sólo les falta por hacer realidad un sueño sexual, si bien no se atreven a confesarlo, por temor a no verlo consumado jamás.

Esperanza insiste en que nunca actúa ante la cámara. Es toda una actriz preternatural. La leyenda que la rodea afirma que tiene un clítoris garciamarquiano. Y es que ha preparado la biomecánica del cuerpo a conciencia para afirmar su eterno voto de honesta infidelidad. Dicen quienes la conocen que debido a la ingesta excesiva de esteroides y anabolizantes a que se sometió, el clítoris de Esperanza casi alcanza el tamaño de un pene promedio en reposo. Desde luego que no falta el perturbado sin oficio, el vagabundo lleno de insania, de mala bilis inversa. No falta el abogado penalista que quiera ser violentado en un solo movimiento concluyente por el clítoris de esta reina latina del género, aún a riesgo de perder su virginidad litigiosa, sus dotes forenses y su implacable idilio con Temis por el resto de sus días en prisión.